Hola,tal vez cuando leas estas líneas ya habré partido. Y me encontraré en algún lugar distante, del que quizás no tengas noticia alguna. Lo que hago este día es por el bien de ambos, ya que la convivencia se hacía peculiar y tanto tú como yo, no deseábamos eso inicialmente।
Después de otra noche más de tu fascinante compañía y habiendo meditado durante lo que quedó de ella, entré en una especie de confusión repentina para evaluar nuestra relación y los avances que habíamos tenido después de tanta entrega, pasión y desprendimiento. Me aventuré a sacar conclusiones y hacer preparativos, pero sobretodo a actuar.
Antes de partir, dejé algunas cosas mías dentro de la casa. ¡No, no te preocupes!, todo está ordenado así como lo dejaste –puedes comprobarlo en este momento levantando la mirada-, sino que tu conoces la manía que ambos poseemos, de dejar cada cosa en su sitio, para poder recordar fácilmente su posición y significado.
Habría hecho una lista con un guión y así tener más precisión, mas no es la idea. Ésta es mi última noche en nuestro hogar –nuestro arcoíris, como lo llamábamos- y deseo explicar tanto. Siento tanto mi cobardía, pero si te veo nuevamente a los ojos tan profundos que tienes, las lágrimas saldrían instantáneamente, te abrazaría por siempre y no me iría de ti nunca. Además, sabes perfectamente que odio las despedidas –entre otras cosas-.
Empecé dejando sobre la mesita de la habitación, al lado de tus pastillas para los dolores que te aquejan, al lado derecho de ese pequeño cajón que contiene las cuentas por pagar, las tarjetas de crédito y otras cosas con valor, a mi paciencia. Aquella que te escuchaba con tanta tranquilidad y que perduraba en su posición, todo por cuanto sentías en ese instante. Está en un pequeño frasco y es demasiado volátil –creo que sabrás la dosis perfecta a utilizar de lo que queda de ella-.
Ya que estamos en la habitación –y aprovechando el lugar- , dejé también bajo la cama a mis temores. Los dejé allí, el día que nos enrumbamos por este espinado y dulce camino, cuando éramos tan conscientes de todo y nada, cuando pensamos que sería fácil convertirnos en uno. Un uno indestructible e indomable. ¡Ah! por cierto, tus lágrimas y reclamos los dejé colgados en el closet interior, previamente ordenados por fecha y motivo. Sé que con tu genio te alterarías si los vieras en desorden –claro, yo también-, por eso opté en ponerlos en ese lugar.
En el sofá de la sala abandoné mis manos y mi piel, aquellos que fueron testigos de muchas veladas de amor, en donde te acariciaba lentamente en un vaivén al compás de la música, mientras dormías paulatinamente, tan alegre que parecías un infante. Ve por mis manos cuando sientas que una caricia te falta. Abrígate con mi piel. Sé que no está igual de tersa que el día que nos conocimos –ya tiene muchos jirones, raspaduras y edad- pero de algo servirá.
Al frente del sofá e incrustados como piedras preciosas en el televisor, coloqué mis ojos. Ese par de centellas que te pedían muchas veces atención –a los que por cierto no les diste acogida-. La convicción está puesta, porque nos faltó aprender el lenguaje de las miradas. Los dejo allí en caso la indiferencia esté aburrida y decida entretenerse con un par de dados unitarios.
En el garaje dejé las llaves de mi corazón –y de paso a él también-. No olvides sacarlo cada cierto tiempo para darle un nuevo respiro, está un tanto enfermo de tanta agitación e inseguridad. A ver si algún día, cuando esté ya desgastado lo pules nuevamente para ver si retoma su motivo.
Me tomaré la libertad de pedirte un favor: Cuando hayas pulido a ese viejo monigote, vas al jardín y desentierras de raíz a una de las tantas flores de repulsión que hay en ese lugar, la mezclas con un poco de frialdad y sueldas interior y exteriormente el caparazón mencionado –es una receta antigua de un viejo errante-. Olvidé que desde que te conocí, dejé abierto aquél recinto para que vientos de amor, felicidad y alegría lo alimentaran poco a poco para mitigar el dolor de las heridas que aún tenía.
Te dejé todas esas cosas para que les des algún tipo de uso, ya que en mi nuevo vuelo no los necesitaré. Asevero instantáneamente, que te serán útiles de una u otra manera.
Mis sueños los llevo conmigo, los recuperé allá en la vieja alacena. Estaban empolvadas y ya casi sin vida. Los limpié con cuidado –ya que están demasiado frágiles por la falta de atención- y creo que quedaron en un estado bastante aceptable, como para acompañarme en mi travesía.
La tinta de brindan mis lágrimas se está acabando. Creo que la misiva debe acompañar mi expirar en este lugar.
Tu razón y la mía aún juguetean cerca de mi en estos instantes… las dejaré en libertad antes de partir…
Me despido de ti con mucha vida. Sé que no es una despedida afectiva, pero es lo más valioso que aprendí contigo, lo que significa saborearla dichosamente y saber que aún no dejo de ser humano.
Un beso Después de otra noche más de tu fascinante compañía y habiendo meditado durante lo que quedó de ella, entré en una especie de confusión repentina para evaluar nuestra relación y los avances que habíamos tenido después de tanta entrega, pasión y desprendimiento. Me aventuré a sacar conclusiones y hacer preparativos, pero sobretodo a actuar.
Antes de partir, dejé algunas cosas mías dentro de la casa. ¡No, no te preocupes!, todo está ordenado así como lo dejaste –puedes comprobarlo en este momento levantando la mirada-, sino que tu conoces la manía que ambos poseemos, de dejar cada cosa en su sitio, para poder recordar fácilmente su posición y significado.
Habría hecho una lista con un guión y así tener más precisión, mas no es la idea. Ésta es mi última noche en nuestro hogar –nuestro arcoíris, como lo llamábamos- y deseo explicar tanto. Siento tanto mi cobardía, pero si te veo nuevamente a los ojos tan profundos que tienes, las lágrimas saldrían instantáneamente, te abrazaría por siempre y no me iría de ti nunca. Además, sabes perfectamente que odio las despedidas –entre otras cosas-.
Empecé dejando sobre la mesita de la habitación, al lado de tus pastillas para los dolores que te aquejan, al lado derecho de ese pequeño cajón que contiene las cuentas por pagar, las tarjetas de crédito y otras cosas con valor, a mi paciencia. Aquella que te escuchaba con tanta tranquilidad y que perduraba en su posición, todo por cuanto sentías en ese instante. Está en un pequeño frasco y es demasiado volátil –creo que sabrás la dosis perfecta a utilizar de lo que queda de ella-.
Ya que estamos en la habitación –y aprovechando el lugar- , dejé también bajo la cama a mis temores. Los dejé allí, el día que nos enrumbamos por este espinado y dulce camino, cuando éramos tan conscientes de todo y nada, cuando pensamos que sería fácil convertirnos en uno. Un uno indestructible e indomable. ¡Ah! por cierto, tus lágrimas y reclamos los dejé colgados en el closet interior, previamente ordenados por fecha y motivo. Sé que con tu genio te alterarías si los vieras en desorden –claro, yo también-, por eso opté en ponerlos en ese lugar.
En el sofá de la sala abandoné mis manos y mi piel, aquellos que fueron testigos de muchas veladas de amor, en donde te acariciaba lentamente en un vaivén al compás de la música, mientras dormías paulatinamente, tan alegre que parecías un infante. Ve por mis manos cuando sientas que una caricia te falta. Abrígate con mi piel. Sé que no está igual de tersa que el día que nos conocimos –ya tiene muchos jirones, raspaduras y edad- pero de algo servirá.
Al frente del sofá e incrustados como piedras preciosas en el televisor, coloqué mis ojos. Ese par de centellas que te pedían muchas veces atención –a los que por cierto no les diste acogida-. La convicción está puesta, porque nos faltó aprender el lenguaje de las miradas. Los dejo allí en caso la indiferencia esté aburrida y decida entretenerse con un par de dados unitarios.
En el garaje dejé las llaves de mi corazón –y de paso a él también-. No olvides sacarlo cada cierto tiempo para darle un nuevo respiro, está un tanto enfermo de tanta agitación e inseguridad. A ver si algún día, cuando esté ya desgastado lo pules nuevamente para ver si retoma su motivo.
Me tomaré la libertad de pedirte un favor: Cuando hayas pulido a ese viejo monigote, vas al jardín y desentierras de raíz a una de las tantas flores de repulsión que hay en ese lugar, la mezclas con un poco de frialdad y sueldas interior y exteriormente el caparazón mencionado –es una receta antigua de un viejo errante-. Olvidé que desde que te conocí, dejé abierto aquél recinto para que vientos de amor, felicidad y alegría lo alimentaran poco a poco para mitigar el dolor de las heridas que aún tenía.
Te dejé todas esas cosas para que les des algún tipo de uso, ya que en mi nuevo vuelo no los necesitaré. Asevero instantáneamente, que te serán útiles de una u otra manera.
Mis sueños los llevo conmigo, los recuperé allá en la vieja alacena. Estaban empolvadas y ya casi sin vida. Los limpié con cuidado –ya que están demasiado frágiles por la falta de atención- y creo que quedaron en un estado bastante aceptable, como para acompañarme en mi travesía.
La tinta de brindan mis lágrimas se está acabando. Creo que la misiva debe acompañar mi expirar en este lugar.
Tu razón y la mía aún juguetean cerca de mi en estos instantes… las dejaré en libertad antes de partir…
Me despido de ti con mucha vida. Sé que no es una despedida afectiva, pero es lo más valioso que aprendí contigo, lo que significa saborearla dichosamente y saber que aún no dejo de ser humano.
