A la mañana intranquila de mi muerte, los dioses ateos alborotan con gran exactitud cada seso que poseo.
Disputan mis rasgaduras, como carroña bendita, que serán acurrucadas en la hoguera elegida
Y ya no estarás allí, para susurrarme al oído cada verso que creaste, cada palmo, cada latido.
Me abandonaste un jueves sin aguacero, del cual recuerdo exterminaría de mi andar.
Motivo exacto, pixel maldito torturando lo que me queda de vida, marca elegida de mi pesar, cruz bendita del recuerdo, piedra hermosa de la creación.
Versos húmeros, masas lánguidas, amadas extintas y poetas lúcidos parlotean en un mercado inocuo, del cual todos desean declamar, dibujando formas perfectas de aberración sesgada.
Al compás de una memoria frágil, sigo insistiendo en mi inocencia. Y a pesar de mis prerrogativas, los dioses ateos, siguen seccionando lo que quedó ya olvidado segundos atrás.
